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No es su nombre real. Porque, aunque apenas cuente con 2 días de vida, ella tiene derecho a la salvaguarda de su intimidad y yo el deber inexcusable de garantizarla. 2 días, no más de 48 horas desde que llegara a este mundo, y su diminuto corazón decidió que no iba a continuar latiendo. Ninguno podemos imaginar la congoja, la sensación indescriptible que debieron sentir sus padres cuando, en mitad de una toma, la niña dejó de respirar.

La noche ya estaba siendo complicada. De éstas que no te permiten pararte ni un momento, que te tienen enredado desde que entras hasta que sales, al punto que, si consigues un instante en que tomar resuello, el reloj te recuerda que todo pasa demasiado deprisa. Pero esa máxima de que todo es susceptible de empeorar… ¡cuántas veces se cumple en un servicio de Urgencias! Poco después de las dos de la mañana, llega la llamada del centro coordinador: nos traen una lactante en parada cardiorrespiratoria en domicilio a varios kilómetros de distancia del hospital. Caras largas, rostros ya cansados de por sí, todos en máxima tensión y alerta.

Laura entra en la sala de críticos. Lo hace en brazos del médico del DCCU, quien la sostiene mientras realiza masaje cardíaco con los pulgares. En un tórax tan pequeñito no hay otra cosa que se pueda utilizar. Le sigue la enfermera, cara desencajada. Hay guardias que no están pagadas con nada. En cuestión de segundos, la sala se llena de gente: varios médicos de Urgencias, la pediatra, el intensivista, las cinco enfermeras del turno, las dos auxiliares, dos celadores. No cabe un alma más. Todos dedicados a intentar devolver la vida a esa criatura.

Vía intraósea, vías periféricas, intubación orotraqueal, adrenalina cada 3 minutos, bicarbonato 1 molar… palabrejas que se revelan mucho más grandes que el cuerpecito que yace en la camilla, durante un largo rato en que el reloj parece detenerse mientras luchamos contra él. Porque sabemos que el tiempo es cerebro. Y sin cerebro no hay más vida.

 

RCP neonato

 

Y así, mientras nos diluimos entre el caos ordenado de una RCP avanzada, con nerviosa tranquilidad, una imagen ecocardiográfica desvela una pequeña esperanza en forma de latido. La situación se revierte, aunque nada sabemos todavía del alcance de las lesiones que la falta de oxígeno ha podido causar. Se activa a un equipo del SAMU que deberá llevar a la pequeña a un hospital de primer nivel para ingresarla en una UCI neonatal. Llegan rápido, con su incubadora de transporte. Laura se va con ellos, la dejamos en las mejores manos.

Han pasado dos horas. Entre las dos y media y las cuatro y media de la madrugada de un martes cualquiera, todos nos hemos empecinado en que ella siga viva. La imagen de unos padres abatidos al ver a su hija recién nacida con tubos por todas partes es demasiado para algunos de nosotros. Llegan la zozobra y el llanto. El personal sanitario es humano.

Yo tardo un poco más. Me derrumbé esta mañana. Eso no me hace especial ni mejor o peor persona. Me hace solo eso, una persona. Al menos tengo un blog y en él puedo verter mis lágrimas de otra manera, tratando de usar la escritura para intentar aflojar la corbata que desde hace un par de días me atenaza. No ha sido fácil, pero ha sido.

Hay quien dice que las Urgencias y Emergencias son un modo de vida. Es una frase acertada que, además, incluye esa bonita palabra al final: vida. Laura ha luchado por la suya y nosotros la hemos ayudado en lo que hemos podido. Pero procesar toda esa emoción, toda esa angustia, es algo para que lo que no te preparan en ninguna Facultad, algo que va mucho más allá de los conocimientos y las aptitudes personales. Hoy he querido desahogarme con vosotros y haceros partícipes del lado más amargo y, a la vez, más bonito de mi profesión: el empeño pertinaz en salvar una vida. Una que, en este caso, apenas si había comenzado.


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