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Bueno, si nos ponemos puristas, no ha sido realmente un año entero. Diez meses mal contados. Me he dedicado a otros menesteres muy alejados de la temática habitual del blog que me han tenido entretenido el tiempo suficiente como para no echar de menos este hábito, que para mí supone solo una afición, de la escritura pública en mi bitácora de la gran red. Con este artículo, o simplemente texto, para no darle más importancia de la que tiene, no estoy regresando al blogueo activo. Tampoco a Linux. Son solo unas líneas para retomar contacto con algunas personas que sé que las leerán a pesar de que no pretendo publicitar lo más mínimo el escrito. Espero que estéis bien, que os vaya bonito.

Tener un blog puede tomarse, erróneamente, como una especie de obligación. He tratado ese tema varias veces en el pasado. Ante ti se planta el gran vacío de una página en blanco, un fondo que rellenar en una pantalla, algo que parece una tarea eterna e imposible de conseguir. Pero, poco a poco, los dedos se mueven y las palabras van surgiendo ante tus ojos, como en un ejercicio de diálogo contigo mismo que, a su vez, va a llegar a otros. Es un reto apasionante que se torna agotador cuando te lo planteas como un trabajo no remunerado, imaginando que tienes una legión de ávidos lectores expectantes. Yo empecé a escribir un blog personal cuyas primeras entradas versaban sobre música o racismo. Al poco, ni siquiera sé muy bien cómo, me dediqué a trasladar a palabras las sensaciones que obtenía durante las pruebas compulsivas de sistemas operativos Linux en mi ordenador de sobremesa. Una y otra y otra vez. Hasta el hastío.

Al principio me creía una especie de Dedoimedo español. Más tarde me di cuenta de que me aburría mucho tratar siempre los mismos temas. Pero a muchos lectores les gustaban las revisiones de distribuciones Linux. Y yo seguía con lo mismo, a pesar de que llegó un momento en que ya no leía a Dedoimedo, precisamente por idéntico  motivo por el que no me divertía escribiendo. La compulsión, la obsesión, me hizo cogerle asco a Linux. Me resultaba muy triste la situación, tanto que me tuve que plantar de una vez y elegí salir corriendo.

Como era de esperar, mi mundo siguió girando sin Linux. Si algo he podido echar de menos es el contacto con los lectores, tras encerrarme en un caparazón a prueba de bombas. Si alguna vez necesitáis desconectar de verdad de algo en Internet, os cuento mi experiencia: me bastó con eliminar mis perfiles de Twitter y Facebook asociados al blog, salir de Google Plus (algo que parece que va a ser una realidad pronto para todo hijo de vecino) y desactivar las notificaciones de Telegram. De un plumazo, nada más supe de gente a la que seguía, blogueros que todos conocéis. Y de los compañeros de Colaboratorio, más o menos lo mismo, aunque con ellos sí he charlado brevemente en alguna ocasión.

Al final, como la cabra suele tirar al monte, el tener una ventana abierta a que algunos puedan leer lo que sea que se me ocurra inventar, termina por imponerse. Sin plazos, sin reglas, sin temas a tratar. De Linux ya he parido suficiente material como para llenar tres vidas y es algo que otros y otras hacen muy bien en sus respectivos blogs. Lo creáis o no, en los cinco años en que mantuve la temática casi única en este espacio, son los artículos que versaban sobre otros temas aquellos de los que me siento más orgulloso. Incluyo en esa afirmación los que, aun tratando sobre Linux, tocaban la parte humana, la del chalado que veía su imperiosa necesidad de instalar un sistema tras otro como algo anormal, los del fanboyismo o el del movimiento slow.

Supongo que, a tenor del título del texto, si habéis llegado hasta aquí querréis saber si sigo usando el sistema del pingüino. La respuesta es… más o menos. Más bien menos que más, siendo honesto. Y es que estaba buscando un verdadero descanso de Linux y es lo que obtuve limitándome a usar Windows en mi equipo principal. Total, para navegar y mandar cuatro correos, qué más daba. Pero, ojo, el que no me apetezca hablar, divulgar o evangelizar sobre Linux no quiere decir que haya dejado de reconocer su gran valía como sistema operativo o la bondad intrínseca en los principios que lo sostienen. Larga vida a Tux, eso siempre. De hecho, en estos meses he tenido que reinstalar el sistema de Microsoft un par de veces por distintas cuestiones (virus no, que conste), pero el rendimiento ha sido más que aceptable.

Sin embargo, hace unas semanas me vi en la necesidad de recurrir a mi pendrive con Linux Mint en vivo para solucionar unos problemillas en el disco duro de un familiar. Tan pronto como inicié la sesión me di cuenta de cuánto había echado de menos trabajar con Linux y, casi de inmediato, supe que mi año sin Linux en el escritorio había terminado. Tanto es así que a los dos días ya estaba recuperando el tiempo perdido, leyendo meses de artículos atrasados de Muy Linux, victorhck, el Replicante o el amigo Yoyo, a quien vuelvo a agradecer su emotivo podcast de despedida. Es evidente que no tengo remedio. Creo que he de conseguir ser capaz de seguir usando Linux sin caer en la compulsión ni en la palabreja esa que tantísimas veces he escrito en el antiguo blog, el dedicado casi por entero al estéril arte de saltar de distro en distro. Espero poder lograrlo ahora que no tengo la necesidad de rellenar el blog con absurdas revisiones.

Y lo voy a ir dejando, pues compruebo que en diez meses he cambiado bien poco, tan poco que vuelvo a caer en la divagación, algo que creo que me caracteriza como plumilla de tres al cuarto. Es lo que tiene ponerse a escribir sin pensar, con el corazón, que a uno se le va el santo al cielo y se enrolla más de lo necesario. Pero a diferencia de cuando esto era “un blog sobre GNU/Linux“, me da exactamente igual. Un blog personal está para soltar tochos que solo atañen al que los escribe. Y en eso estoy. Esta vez, a cara descubierta.

Nos leemos cuando sea.

Salud.


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