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Palabrita del niño Jesús. No porque no me guste su desempeño, me deslumbre su fluidez o no me acostumbre a su cuidada estética. Es por el precio. O, para ser exactos, por la relación entre su coste y el uso que hago del teléfono.

Actualmente soy propietario de un Samsung Galaxy S7. El normal, no el Edge, porque no soporto los móviles de tamaño ladrillo. Es un terminal con dos años de antigüedad que compré a finales de 2017. En realidad lo compró mi mujer, financiado por su compañía, ya que yo había hecho lo propio el verano anterior con la mía para poder regalarle un buen teléfono. Supongo que ella es lo que los anglosajones llaman power user, pues utiliza el cacharro para muchas cosas más que hablar por teléfono: navegar por redes sociales, ver series en Full HD, jugar, tomar fotografías y retocarlas… Solía quejarse de que los terminales de gama media se le quedaban cortos y aproveché una oferta de portabilidad para poder hacerle un regalo de cumpleaños en condiciones.

Culo veo, culo quiero

Yo entonces tenía un Moto X de primera generación. Era un teléfono de gama alta de Motorola, con todo lo que ello acarrea, pero me gustaba su sencillez y no pretendía nada más. Pero tras toquetear un poco el flamante Galaxy S6 de mi mujer me entró el gusanillo de mejorar también mi terminal. Solo que, en mi caso, no había justificación alguna al ser yo todo lo contrario al power user que mencionaba: uso el móvil para leer (tengo un servidor Calibre corriendo en mi Debian), visitar un foro en concreto y responder los frecuentes mensajes de Whatsapp del trabajo. Punto pelota.

Mi economía de entonces, tan precaria como la de ahora, me aconsejó esperar. No parecía buena época para caprichos. Tan solo un par de meses más tarde, mi suegro me ofreció un Galaxy S4 con la pantalla rota al que no daba uso y decidí quedármelo. Por 75 euros arreglé el defecto y ya está, ya tenia “nuevo” móvil de gama alta. Era un buen aparato, aunque la actualización a Lollipop no le sentó demasiado bien y había momentos en que se ralentizaba.

Luego llegó el concurso de Orange en que resulté agraciado con un iPhone 7. Conté toda la historia en mi artículo sobre MIUI en Colaboratorio. Siendo enemigo acérrimo y declarado de Apple – salvo de sus diseños, que ésos me encantan – lo vendí por 600 euros y me compré una tele nueva de 350. Como el dinero sobrante me quemaba en las manos y el Galaxy S4 no era perfecto – la historia de mi vida tecnológica, siempre buscando algo más – hice caso a quienes recomendaban Xiaomi y me compré un Redmi 3S por otros 150 en lo que me parecía un negocio redondo. Pero no.

De vuelta a Samsung

Aunque al principio me encantó el móvil chino, sobre todo porque podía olvidarme de cargar la batería y me aguantaba tres días sin hacerlo, luego volvió a resurgir el tiquismiquis que llevo dentro. Sobre todo al mirar la pantalla. Una Super AMOLED, con sus colores brillantes y su nitidez, guardada en el cajón mientras hacía uso de la del Xiaomi, más modesta, de tipo IPS. En realidad, creo que era la única pega que era capaz de ponerle al terminal, porque en todo lo demás iba más que sobrado para mi uso.

 

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No me digáis que no lucía genial mi Redmi 3S.

 

Qué gran verdad es que lo que fácil llega, fácil se va. Empecé poco a poco a usar de nuevo el Galaxy S4 en detrimento del Redmi. Las ralentizaciones ya no me parecían tan malas al lado de su bonita y deslumbrante pantalla. Un par de meses después del retorno a Samsung decidí regalarle el Redmi a mi padre, quien desde entonces lo usa tan contento.

Entonces se cumplió la ley de Murphy en todo su esplendor: nada más entregar el Xiaomi se me estropeó el Galaxy. Maldije mi suerte, pero lo cierto es que lo merecía, por comportarme como un capullo tecnológico. El móvil empezó a apagarse solo y una batería nueva, comprada en el chino de mi barrio, no lo solucionó. Podía haber optado por otro Xiaomi barato, pero se me metió entre ceja y ceja seguir con la gama alta de Samsung. Así fue como me vi con un Galaxy S7, veinticuatro meses más de permanencia para mi señora en su compañía telefónica y una bonita letra de 18 euros mensuales. Total, 432 pavos para darle un uso de chichinabo al móvil. La madre que me parió.

 

No reirse
Hay que ser anormal para malgastar 432 euros en un móvil que apenas se usa. Así soy yo.

La pérdida de valor de un terminal Android

Aparte del diseño, si algo envidio del mundillo Apple es que sus cacharros apenas si se deprecian con el tiempo. Un iPad siempre es un iPad y éso hay que pagarlo. Mi Galaxy S7, sin embargo, para el momento en que me di cuenta de que había hecho el canelo soltando más de 400 euros para infrautilizar el terminal, éste ya valía menos de la mitad.

Así es. Basta echar un vistazo a Wallapop, sobre todo desde el lanzamiento del S9, para observar como no hay narices de vender un S7 aunque lo pongas a 150 euros. Vamos, un negociazo. De ahí que sea imposible dar marcha atrás en mi lamentable peripecia, pues para perderle esa cantidad al móvil en 6 meses prefiero seguir usándolo, aunque sea un desperdicio de recursos. Que lo es, insisto, para el uso que yo hago de él. Porque como móvil es una auténtica pasada, las cosas como son.

 

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Pantallazo del móvil que gasto ahora. Nunca mejor dicho lo de gasto.

 

Por eso, queridos niños, es mejor plantearse bien qué queremos de un móvil antes de comprarlo. Que un teléfono que responda al instante a la hora de abrir una web, no se cuelgue o ralentice y aguante sin cargar un tiempo razonable no tiene por qué salirnos por un ojo de la cara. Y si lo hace, simplemente, es que la estamos cagando.

Espero que la próxima vez que necesite cambiar el móvil sea capaz de juntar más de dos neuronas antes. Al menos tendré este artículo para recordarme que un día actué impulsivamente y derroché un dinero que no me sobraba, pagando por algo que no necesitaba, menos aún cuando era y sigo siendo un tieso de manual. Vamos, que lo mío fue una jugada maestra. De tonto de baba.

La imagen de cabecera está tomada de un artículo de Andro4all.


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