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Vivimos estos días en España una sucesión de olas de calor que no tiene parangón. Servidor, que ya peina canas, no recuerda algo parecido y conforme pasan los días sin bajar de cuarenta grados a la sombra en el valle del Guadalquivir, son pocos los viejos del lugar que recuerdan algo siquiera parecido. Asfalto que se derrite, viento sahariano que se siente como si te fueran a incinerar, casas con finos muros que no sirven de aislante ni en verano ni en invierno y escalofríos solo de pensar en la inminente factura de electricidad por venir. Esto es Sevilla para los que vivimos instalados en la continua “tiesura”, sin posibilidad de evadirse más allá de escarceos piscineros ocasionales.

Ni que decir tiene que los aparatos electrónicos de toda condición sufren mucho más en esta época. A mi equipo, instalado en una habitación sin refrigeración posible, solo le resta echar humo. Todos y cada uno de sus componentes emanan calor, lo cual no hace más que aumentar la temperatura global de la casa, siendo mi disco duro externo uno de los elementos que más contribuye, pues carece de ventilador. De ahí que no sea buena idea mantenerlo encendido todo el día. El rollo que os estoy soltando viene a cuenta de la decisión que tomé hace un tiempo de mantener en mi disco duro interno una única distribución, de largo soporte, junto al Windows que promete una próxima actualización gratis para todos, y no para unos cuantos. Así, Ubuntu Trusty Tahr permanecía inamovible e impasible, presta para sacarme del apuro cuando otra distribución fallase.

El disco duro externo, que en su día utilizase como solución multimedia, aloja a un montón de distribuciones probadas ya (Linux Mint Rafaela, LMDE Betsy, Mageia 5 y Arquetype CRT), junto con el sistema que estoy utilizando durante el verano (openSUSE 13.2) y una partición de copia de seguridad, que empleo para la sincronización con Back in Time en Ubuntu. Es precisamente debido a que paso la mayor parte del tiempo en openSUSE que el disco externo se calienta demasiado. Este hecho, unido a los problemas que tengo con algunas distribuciones de prueba que pretenden instalar el Grub en el disco interno (me ha ocurrido mientras intentaba revisar Neptune OS), me ha hecho replantearme la estrategia. Total, que vamos a volver a particionar.

La idea es volver al esquema que tenía anteriormente: disco interno con Windows, partición de datos, partición de intercambio y tres particiones para GNU/Linux: Ubuntu, Chakra y la distribución que toque revisar para el blog. Disco externo con la partición de salvaguarda y nada más. Todo este cambio lo podría acometer sin tocar Ubuntu, de no ser porque últimamente se ha convertido en un infierno de lentitud, caídas del wifi y otras historietas, una circunstancia que es todavía más lamentable si se tiene en cuenta que estamos hablando de una versión de soporte extendido. Y es curioso, pero Linux Mint Rafaela, revisada recientemente, va como la seda. ¿Por qué, “zeñó”, por qué? Es una pregunta retórica, no espero respuesta. Matar a Ubuntu, sin más, tiene poca utilidad, de modo que me propuse dar respuesta a un par de cuestiones: primera, la solución a mis problemas “ubunteros”, ¿estará en la actualización a la última versión? Segunda y última: ¿es mejor actualizar o reinstalar desde cero? Lo vamos viendo a continuación.

Si algo funciona, no lo arregles

Esto es una máxima que cobra un especial significado en el mundo GNU/Linux. Sé que es un cliché, que está manido hasta la saciedad, pero, de verdad, hay que hacerle caso. Si todo funciona, no se arregla ni se actualiza (hablo de distribuciones, no de paquetes). Como en mi Ubuntu 14.04 no se cumple la primera parte del silogismo, vamos a tratar de arreglarlo. Pero, si vuestra situación no es esta, dejad Ubuntu como está. Una versión de soporte extendido siempre es mejor que una que no lo es, con la excepción del hardware más novedoso que no está soportado por el kernel. En realidad, incluso eso tiene solución sin salir de la LTS.

La copia de seguridad es tu amiga

Segunda máxima de obligado cumplimiento: realiza copias de seguridad frecuentes de tus datos. Un disco puede fallar y mandar al traste preciados recuerdos o importantes documentos. Junto con la recomendación de mantener una partición de datos separada de la del sistema, tener la prevención de salvaguardar archivos importantes cada cierto tiempo es una buena práctica a seguir. Bien, si te dispones a actualizar Ubuntu y no tienes partición de datos aparte, es el mejor momento para hacer una de estas copias de seguridad. Hay varios programas de copia incremental, el que yo recomiendo es Back in Time.

Actualiza los paquetes de tu versión primero

Ubuntu tiene una cierta manera de tratar las actualizaciones de versión. Si estamos en una LTS y queremos pasar a la siguiente (de Ubuntu 12.04 a 14.04, por ejemplo), se puede hacer directamente. En mi caso, estando en Ubuntu Trusty Tahr (14.04) deseo migrar hasta Ubuntu Vivid Vervet (15.04), lo cual es imposible sin pasar antes por Ubuntu Utopic Unicorn (14.10). Antes de comenzar con ese primer paso, de Trusty a Utopic, recomiendo actualizar al máximo el sistema actual, bien a través de del “Gestor de actualizaciones”, bien a golpe de terminal, con:

sudo apt update
sudo apt upgrade

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Desinstala el controlador gráfico propietario

No parece muy buena idea realizar una tarea tan delicada con la espada de Damocles del controlador propietario AMD sobre tu cabeza. Los dichosos Catalyst requieren compilarse con cada cambio de kernel, de modo que es mejor quitarlos de en medio hasta que el sistema esté actualizado. Por ello, vamos a “Configuración del sistema”, módulo “Software y actualizaciones”, pestaña “Controladores adicionales”. Ahí hacemos el cambio, muy sencillo en Ubuntu, todo hay que decirlo. En el caso de Nvidia no me atrevo a aconsejar, dado mi desconocimiento sobre la materia.

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Cuando ya hemos instalado el controlador libre, vamos a reiniciar el equipo antes de continuar nuestra tarea.

Desactiva todos los PPAs que tengas

Por norma general, cada PPA apunta a una versión concreta de Ubuntu. Como vamos a dar un salto, lo mejor es desmarcar todos los PPAs que tengamos, con idea de volver a marcarlos tras la actualización y una vez hayamos cambiado el nombre de la versión de Ubuntu a la que apuntan. Nos vamos, pues, a la pestaña “Otro software” dentro de “Software y actualizaciones” y procedemos uno a uno a desmarcar los PPAs, que en mi caso son bastantes. Quien no se encuentre cómodo con esta sencilla operación puede optar por aplicaciones de terceros, como Y PPA Manager.

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Autoriza el cambio de versión

Ya estamos a punto para iniciar la actualización masiva. Todavía dentro del módulo “Software y actualizaciones”, vamos a la pestaña “Actualizaciones” donde, en el apartado “Notificar versión nueva”, escogemos “Para cualquier versión nueva”. Tras esto, nos vamos a “Configuración del sistema”, módulo “Detalles”, y pulsamos en el botón de “Instalar actualizaciones”. En ese momento se nos informará de la disponibilidad de Ubuntu Utopic.

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Cierra todo lo cerrable… y al lío

Tras escoger “Actualizar”, conviene hacer caso de lo que el sistema sugiere y cerrar todas las aplicaciones que tengamos abiertas o corriendo en segundo plano, para evitar algún error desagradable. Esto incluye Skype, programas de P2P, el cliente de Copy y aplicaciones similares.

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La actualización va a tomar bastante tiempo. En mi equipo, aun disfrutando de una conexión de 2’5 Mb por segundo, el proceso se demoró por más de una hora. De cuando en cuando salta una ventana que nos informa de que ya podemos actualizar a la siguiente versión (Vivid Vervet), mas no es el momento, de manera que pulsamos en “Preguntar más tarde” y listo. La aparición de esta ventana es recurrente, tened cuidado de no pulsar por equivocación en “Actualizar”, o ya tendremos el embrollo montado.

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Antes de finalizar, el sistema nos va a preguntar si deseamos eliminar los paquetes obsoletos. Mi consejo es que aceptemos, pues no hacerlo solo hará que, en el mejor de los casos, dichos paquetes ocupen un espacio valioso sin ninguna utilidad.

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Reiniciar y repetir la operación

Transcurrido un tiempo variable, el sistema nos informará de que ya podemos proceder al reinicio para disfrutar de la nueva versión. Una vez lo hayamos hecho y tras comprobar que en lo que a estética respecta, no hay diferencia notable con lo anterior, repetiremos el proceso desde el principio, para pasar de Utopic a Vivid. Lógicamente hay pasos, como el de desmarcar los PPAs, que ya no tendremos que hacerlos.

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Después de actualizar

De acuerdo, ya han pasado un par de horas y tenemos nuestro Ubuntu Vivid Vervet listo para funcionar. El siguiente paso consiste en desandar lo andado, es decir, vamos a habilitar los PPAs que teníamos antes. En mi caso, esta operación me sirvió para hacer limpieza, pues muchos de ellos ni recordaba que los tenía activados, ni mucho menos para qué.

Aquellos que queramos conservar debemos volverlos a marcar, pero teniendo cuidado de pulsar en “Editar” y cambiar el nombre de la distribución por el correcto, que en este caso sería “Vivid”.

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Con los controladores propietarios de AMD, hago lo mismo. Para mi sorpresa, en Ubuntu Vivid se añade un nuevo controlador privativo que desconocía, un microcódigo para CPUs de esta marca. Hace ya bastante tiempo que no instalo microcódigos de AMD y pensaba que su uso estaba obsoleto.

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Las sorpresas desagradables

Qué, ¿pensábais que ya estaba todo? ¿Que todo había salido a pedir de boca? Quien más y quien menos sabe que toda actualización conlleva riesgos y es difícil que no ocurran contratiempos. Habrá quien no tenga ninguno, pero en mi caso se dan dos de especial relevancia:

  • La impresora no funciona. Al encenderla, un mensaje indica que el “plugin” propietario está corrupto o no concuerda con el de la versión instalada. Al intentar instalarlo de nuevo me topo con el mismísimo error ya conocido por Linux Mint Rafaela. En esta ocasión, sin embargo, no es subsanable mediante el procedimiento utilizado allí: aunque se instala el “plugin”, la impresora ni tan siquiera aparece como reconocida. No puedo instalarla ni desinstalarla, ergo no puedo utilizarla.
  • La lentitud, lejos de desaparecer… ¡ha aumentado! El sistema parece arrastrarse por momentos, sobre todo durante la copia a dispositivos USB, momentos en los que nada parece responder durante segundos. El wifi no se desconecta, al menos en los primeros momentos, pero tanta parsimonia y un tremendo “lag” hacen que el sistema se encuentre en un estado próximo a la inutilidad absoluta.

¿Conviene, pues, actualizar Ubuntu?

De esta manera no, desde luego. Lo siguiente que hice, tras media hora tratando de descubrir si funcionaba todo (lo hacía, pero lentamente) fue iniciar en Linux Mint Rafaela, que parecía volar. Entiendo que la diferencia se hace más palpable cuando uno pasa directamente de un Ubuntu errático a un Linux Mint apenas sobrecargado, pero ahí está. Mi experiencia personal de actualizaciones de versión en Ubuntu deja bastante a las claras que no es conveniente realizarla. Ya en una ocasión anterior dí el paso y tampoco salió bien del todo.

Las conclusiones no deben tomarse a la ligera. Vuelvo a insistir, mil veces que lo recalque no serán suficientes, en que esto ocurre con mi equipo, mi hardware y mis circunstancias, por lo que no tiene que pasarle lo mismo a otra persona. Al menos, no necesariamente. Por regla general no recomiendo moverse de las versiones de soporte extendido cuando todo funciona bien. Por qué en Ubuntu Trusty, una LTS, hay fallos groseros, es harina de otro costal y me cuesta bastante más entenderlo.

Resumo el artículo, para terminar, con una especie de algoritmo de decisión. ¿Funciona bien tu Ubuntu LTS? Si la respuesta es sí, no cambies. Si no es el caso, y crees que la actualización puede resolver el problema, haz copia de seguridad de tus datos e instala Ubuntu Vivid desde cero. Si Ubuntu Vivid tampoco va bien… ya sabes, hay muchos, pero que muchos, peces en el mar.

Salud


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