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Resulta muy difícil, muchísimo, escribir en días como hoy. Como también es complicado tratar de analizar un resultado electoral que desafía el sentido común sin que se te acuse de infantil, de sufrir una pataleta, como ese niño que se quiere llevar la pelota a casa porque el marcador del partido no es el que esperaba. Aunque quienes me conocen saben que el desenlace de la expresión del pueblo soberano no me pilla por sorpresa. Pesimista era, y mi pesimismo se confirmó. ¿”Andaluces, levantaos”? Andalucía no aspira a levantarse. Seguimos anclados en lo mismo y así continuaremos por los siglos de los siglos. Es la eterna expresión del “vivan las caenas“, cambiando a Fernando VII por una nutrida representación de vividores profesionales que te roban, te engañan, se ríen de ti y, como castigo, reciben tu voto una y otra vez.

Siempre he sido firme defensor de la tesis del clientelismo y el “subvencionismo” como intento de explicación para aquello que no la tiene. Aunque cuesta mucho creer que dé para tanto. Casi dos millones y medio de votos para dos partidos sumergidos en la mierda hasta el cuello, con imputados e investigaciones para parar un tren. El bipartidismo ha muerto, decían. Sí, ya se ve. Especialmente sangrante es lo del partido que lleva 33 años metiendo las zarpas en el dinero público, que tiene a Andalucía a la cola de casi todos los indicadores de bienestar social (socialista, obrero, español) y, ahí lo tienes, aguantando el tipo, sin perder ni un puñetero escaño (votos sí ha perdido, que esa es otra, con la magnífica ley electoral con que nos ataron a todos en el 78). Con su lideresa rodeada de pelotas sonrientes que ayer conformaban un auténtico séquito en su llegada a la rueda de prensa.

¿No te gusta, Enrique? Te jodes, el pueblo ha hablado. Dicen desde Madrid que los andaluces padecemos un síndrome de Estocolmo con el PSOE. Yo no sé lo que padecen los andaluces (padecen, con “d”, porque parecer, lo que parecemos es masoquistas). Personalmente sufro algo que he bautizado como el síndrome de Frank Grimes, en referencia a un personaje de un episodio de Los Simpsons. Homer (Homero en Sudamérica) se presenta a un concurso para niños pequeños y lo gana. Todos sus compañeros le vitorean, mientras Grimes corre de un lado a otro gritando “¿Estáis locos? ¿No veis que es un concurso para niños?” Así es como me siento, como llevo tiempo sintiéndome, de hecho. ¿Es que no veis los EREs? ¿No veis la Gürtel? ¿Lo de Bankia? ¿Lo de Bárcenas? ¿Mercasevilla? ¿Estais ciegos, sois gilipollas, las dos cosas?

No sé qué más tiene que pasar para que los partidos corruptos pierdan el apoyo de la gente. Uno no puede hacer nada más que agachar la cabeza, encoger los hombros y seguir trabajando. O largarse de aquí, de esta tierra sin ambición, con paniaguados al servicio del poder establecido. Porque después del resultado de ayer, dos millones y medio de personas han perdido para mí todo el respeto. No se lo merecen. Votar a ladrones, votar a corruptos, votar a mentirosos es legitimarlos con tu apoyo. ¿Tú los apoyas? No esperes mi comprensión ni mi tolerancia. Taxativo soy desde el teclado y pienso serlo en persona. Se acabó lo políticamente correcto con aquellos que son cómplices de la ruina que nos asola y que ha robado nuestra vida y el futuro de nuestros hijos.

Imagen: Shutterstock

Espero que estas líneas no se interpreten como un alegato “podemita”. No se trata de Podemos. Se trata de no dar tu voto a gente que propone la continuidad del modelo establecido desde la incapacidad moral para dar lecciones. Había más opciones. Que Podemos ha cometido muchos errores es evidente, y bien harían en cambiar su ambigüedad y desmarcarse de ciertas cosas si realmente esperan conseguir algo más en próximos comicios que sustituir a Izquierda Unida en su papel secundario. Pero ya os digo que no se trata de eso. Lo que a mí me ha hundido de este resultado es que gente con la que convivo decida que la corrupción no tiene importancia, que les da igual que metan la mano en su cartera, que ellos también lo harían, en definitiva.

Ayer fue un día duro. No por esperado es menos doloroso. Y no hablaré de los abstencionistas, cómplices también de que nada cambie. Son tantos frentes que uno se plantea si merece la pena seguir peleando por lo que se cree… supongo que sí. Aunque, en días como hoy, el cuerpo solo te pida largarte lo más lejos posible de una tierra habitada por gente que da su consentimiento al robo y al escarnio. Andaluces, no nos levantemos, mejor quedémonos sentados y vitoreando a nuestros señores, como fieles vasallos del siglo XXI. Ya sabe todo el mundo que tenemos lo que nos merecemos.

Salud

 


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